Ningún costarricense pudo mantenerse ajeno, durante los días previos al 24 de noviembre, al temor y la incertidumbre que provocó una tormenta tropical en el océano Atlántico y que posteriormente se convirtió en el poderoso y destructivo huracán Otto.

Como nunca antes en la historia del país, gracias a las imágenes satelitales y el conocimiento adquirido por metereológos y oceanógrafos, la ciudadanía pudo seguir paso a paso el recorrido de este fenómeno en la televisión, los equipos de cómputo y los teléfonos móviles.

Tampoco, en la historia reciente, el país se había expuesto a un huracán tan destructivo e impredecible en su comportamiento, ya que con el paso de las horas, en su recorrido por el territorio nacional, varió en cuanto a la intensidad de los vientos, la trayectoria y en la cantidad de lluvias provocadas por las denominadas “bandas “

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Gracias a los constantes llamados de alerta de la Comisión Nacional de Emergencias (CNE), para que los habitantes de las zonas costeras y los poblados por donde posiblemente pasaría el huracán evacuaran o fueron evacuados y trasladados a lugares más seguros, la pérdida de vidas humanas no fue mayor.

Hay que reconocer que el papel de liderazgo que asumió el Presidente Luis Guillermo Solís y el respaldo de su gabinete en pleno, permitió que las acciones preventivas resultaran acertadas, pero imposibles para evitar que la destrucción fuera mayor, debido a que nunca se previó que Otto afectara poblados prósperos como Upala y los distritos Fortuna y Guayabo de Bagaces.

Cuando han pasado casi tres semanas de esta tragedia, las lecciones que nos deja Otto deben ser tomadas en cuenta, porque el comportamiento de la naturaleza derivado de las afectaciones que le hemos provocado al clima darán como resultado huracanes y tormentas tropicales más intensas y originadas en latitudes donde antes era poco probable que se formaran.

Ante la magnitud de una tragedia como la provocada por Otto, es justo reconocer el espíritu solidario de los costarricenses de todo el país para acudir en ayuda de los afectados de Guanacaste, Alajuela y los cantones del sur de la provincia de Puntarenas. Miles de costarricenses acudieron con alimentos, agua, artículos de limpieza personal, pañales y otros artículos a los centros de recolección.  Otros no dudaron en hacer sus donaciones en dinero a través de sus cuentas, en las maratónicas o simplemente depositando unas monedas en las alcancías de los guías scouts

Un reconocimiento merece el Gobierno y pueblo de Panamá que no dudó en poner al servicio del país helicópteros y aviones para llevar la ayuda a los sitios más inaccesibles o aquellos que quedaron incomunicados.

Ahora hay que enfrentar la tarea de la reconstrucción de carreteras, caminos secundarios, puentes, construcción de viviendas y comercios. Es una tarea inmensa la que hay que emprender, pero que no dudamos que con el esfuerzo tesonero de los ciudadanos y el aporte que las instituciones de Gobierno y los bancos se puedan llevar a cabo, para que en pocos años lo perdido pueda ser recuperado.

Los dispositivos de emergencia no deben ser exclusivos para las regiones donde tradicionalmente se presentan los efectos de los fenómenos climatológicos, como la Zona Norte o la Zona Sur del país. Pensemos que en el futuro las cabeceras de provincia y otras ciudades importantes podrían ser víctimas de estos fenómenos con resultados aún más catastróficos.

Sin duda este huracán nos deja lecciones que debemos aprender.

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